Por Arely Huerta Maqueda
En México y en gran parte del mundo, existe un patrón claro y silencioso que pocas veces se nombra: el de los deudores alimentarios. Hombres que incumplen sistemáticamente con sus obligaciones económicas y afectivas hacia sus hijos, dejando en manos de las madres no solo la crianza, sino también la educación, los cuidados y la provisión de una vida digna.
El fenómeno no es un problema individual, es un patrón social que refleja la persistencia del machismo y de la idea de la mujer como encargada única de la reproducción y el cuidado, mientras el hombre reclama su independencia y se deslinda de toda responsabilidad. Muchos hombres pagan lo mínimo que consideran obligatorio, o simplemente no se hacen cargo. Para que cumplan, a menudo es necesario que intervenga un juez familiar, un recordatorio jurídico que evidencia que la obligación no nace de la ética o el cariño, sino de la presión institucional.
Según datos del INEGI, hasta el 67.5% de los niños y adolescentes mexicanos no reciben pensión alimentaria tras el divorcio de sus padres. Esta cifra es el resultado de un patrón sistemático de evasión y desinterés por parte de los hombres hacia sus responsabilidades parentales. La pensión alimentaria no es una dádiva; es un derecho de los hijos e hijas, y una obligación ineludible de los padres. Sin embargo, muchos hombres prefieren evadir esta responsabilidad, dejando a las madres en una lucha constante por garantizar el bienestar de sus hijos e hijas.
Mientras tanto, las madres enfrentan un doble desafío, deben encontrar empleos que muchas veces no se ajustan a los horarios escolares de sus hijos, y al mismo tiempo deben organizar la crianza, a veces con apoyo parcial de familiares o pagando servicios que deberían ser responsabilidad del otro progenitor. La lentitud de los trámites judiciales y la complicidad silenciosa de algunas instituciones contribuyen a prolongar esta desigualdad, convirtiendo la búsqueda de la pensión alimenticia en un proceso agotador y humillante.
La raíz de este patrón no es desconocida: el control. Muchos hombres perciben el aporte económico como una forma de controlar la vida de la madre, su trabajo y su sexualidad. Al no poder ejercer esa posesión, prefieren deslindarse de toda responsabilidad sobre sus hijos, como si la crianza y el cariño dependieran de su derecho de dominio sobre la madre. Esta lógica perversa explica, además, por qué algunos hombres se muestran completamente responsables y afectuosos únicamente con hijos que no son biológicamente suyos, cuando la relación con la madre les garantiza un control total en todos los ámbitos: económico, emocional y personal.
El patrón de los deudores alimentarios es un reflejo directo de cómo el machismo se reproduce en la vida cotidiana, en la justicia y en la familia. Exponerlo, nombrarlo y analizarlo es un paso fundamental para transformar la crianza en un espacio de corresponsabilidad, donde los hijos y las madres no sean víctimas de la lógica de control de quienes deberían acompañarlos.
Porque exigir que los hombres cumplan con la pensión alimenticia no es un capricho, es reclamar justicia y dignidad para los niños y niñas, y para las mujeres que, en silencio y con esfuerzo, sostienen la vida de los hogares mientras la sociedad mira hacia otro lado
![]()
