Por Paloma Barraza
“La empatía es el camino hacia la paz”
Padmé Amidala
Los siguientes párrafos deben leerse con imaginación: flotando en el espacio, como letras doradas que avanzan lentamente sobre un fondo estelar. Porque toda rebelión comienza con una historia. Y esta también.
Hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana…
La región de Abya Yala del planeta tierra se vio envuelta en un conflicto intergaláctico de proporciones devastadoras. Tropas europeas, guiadas por la perpetua ambición imperial y el insaciable deseo de expansión territorial, invadieron, masacraron y saquearon estas tierras con el propósito de imponer su voluntad y someter a los pueblos originarios.
A pesar de la valentía, tenacidad y resistencia de sus habitantes, el territorio fue colonizado y renombrado como “América Latina y el Caribe” por los invasores. Los estragos de esta ocupación y esclavización persisten en nuestros tiempos, marcados por la sistemática explotación de las tierras y la brutal discriminación de su gente.
En la actualidad, la rebelión decolonial reúne fuerzas para emprender una lucha por la emancipación contra el yugo impuesto por los colonizadores. El fuego ideológico de la insubordinación crece en la zona y adopta formas múltiples, fluidas y estratégicas, capaces de desafiar las armaduras hegemónicas del poder global.
Y como en toda saga, tras el texto deslizante en el firmamento, comienza la verdadera batalla. La nuestra.
El colonialismo, como un episodio oscuro en la historia de la humanidad, ha dejado huellas imborrables y cicatrices sumamente profundas en naciones enteras. Dicho proceso, se ha revelado como una amenaza fantasma capaz de atravesar las estructuras sociales, políticas y económicas actuales. La herencia de la explotación y la imposición de ideologías foráneas se refleja en la distribución desigual de recursos, en narrativas dominantes diseñadas para silenciar voces autóctonas, así como en la persistencia de sistemas perpetuadores de la marginalización.
Por tanto, explorar este tema es enfrentar la necesidad de comprender el pasado y la urgencia de abordar esas inequidades arraigadas, cuyas raíces moldean las realidades contemporáneas. En otras palabras, este fenómeno exige una mirada diacrónica y comparada, capaz de analizar cómo distintas geografías jurídicas han traducido, resistido o replicado estos esquemas de dominación.
En palabras de Ochy Curiel, la colonialidad se muestra como “el lado oscuro de la modernidad, de esa modernidad occidental desde donde también surge el feminismo como propuesta emancipadora.” Desconozco si Ochy estaba pensando en el lado oscuro de la fuerza cuando hizo esa reflexión, pero para mí es muy difícil evitarlo. Star Wars puede leerse como una poderosa alegoría de rechazo a los sistemas opresivos. Bajo esta luz, la misión literaria de esta joven padawan es reflexionar sobre un movimiento que crece poderosamente en nuestra región: el feminismo decolonial.
En el Imperio Galáctico, los abusos resuenan. Una élite concentra el poder para imponer su dominio mediante el control militar, la explotación desmedida de recursos y la aniquilación de autonomías locales. La colonialidad del poder, del saber y del ser se extiende hasta los rincones más recónditos del universo. Frente a esta maquinaria, la Alianza Rebelde, en toda su diversidad, busca justicia para las desposeídas. Cualquier parecido con la realidad es totalmente intencional.
El término ‘feminismo decolonial‘ o ‘feminismo descolonial‘ fue planteado por la filósofa feminista argentina María Lugones como crítica para entrelazar categorías como género, racialización, colonialismo, capitalismo y heterosexualismo. La autora va más allá de describir la opresión de las mujeres; su estrategia es brindar herramientas para entender estas estructuras y activar la resistencia. El feminismo decolonial parte de la crítica a la colonialidad del poder y se pregunta cómo las estructuras coloniales han moldeado las categorías de género y sexualidad en formas que refuerzan la opresión de las mujeres racializadas. Este enfoque se centra en demostrar cómo las mujeres subalternizadas experimentan una constelación de discriminaciones.
Desde una perspectiva comparatista, se puede sostener lo siguiente: el feminismo decolonial propone una crítica del derecho en contexto, a partir del desmantelamiento de sus pretensiones de neutralidad y la revelación de su carácter situado. No se parte de modelos hegemónicos para clonar respuestas, sino de conocimientos encarnados, sensibles a las especificidades territoriales y a los lenguajes de resistencia locales.
El feminismo decolonial trata de explicar que la lucha no puede dirigirse únicamente contra el patriarcado. Para muchas mujeres, atravesadas por más de una categoría, las problemáticas de exclusión, explotación y marginalización no vienen de un solo lado. Por tanto, no basta con hablar de sexismo o desigualdades entre hombres y mujeres, también es necesario analizar cómo otros factores afectan de manera diferenciada y desproporcionada a las mujeres. Se refiere a la importancia de reconocer las implicaciones de quienes luchan contra múltiples enemigos simultáneamente y entender cómo esas estructuras trabajan en conjunto para perpetuar desigualdades.
Esto no debe verse como la “Guerra de las Opresiones”, o como le ha llamado Ange-Marie Hancock, las “Olimpiadas de la Opresión”, donde distintos frentes compiten por demostrar el problema más apremiante o digno de atención. El feminismo decolonial no busca jerarquizar las opresiones. Trata de evidenciar la construcción de una compleja arma de destrucción masiva, donde toda pieza complementa y refuerza a la anterior. Asimismo, muestra que estas luchas no son fragmentos aislados, sino parte de un sistema interconectado. Por tanto, no se trata de dividirnos en facciones para priorizar una causa sobre otra, sino de ver a la justicia social como ese ideal que es mucho más factible cuando todas las formas de opresión son desafiadas de diferente forma, pero al unísono.
En el pensamiento decolonial, la justicia social -como la Fuerza-, es entendida como un todo, donde cada partícula es indispensable para reconstruir el equilibrio roto por siglos de opresión. No se trata de borrar las diferencias, eso es imposible. Se trata de reconocer que en ellas habita nuestra mayor potencia. Esta visión integrada, lejos de buscar la uniformidad, persigue una armonía capaz de respetar la diversidad y la interdependencia de los distintos territorios de lucha. Porque no hay justicia sin memoria, sin cuerpo, sin palabra. No hay libertad si sólo algunas pueden alcanzarla. El equilibrio buscado no es el de la paz impuesta por el centro, sino el de la vida digna construida también desde los márgenes.
En esta rebelión, los sables de luz son violeta. El feminismo decolonial representa una necesidad histórica frente a siglos de exclusión. Es una forma de mirar y de actuar capaz de exigir la impostergable revisión de nuestras propias complicidades y contradicciones dentro de los sistemas a combatir. La justicia social debe estar en todas partes. En esos gestos de protección de la dignidad, en esas voces negadas a ser silenciadas, en esas comunidades encaminadas a reconstruir sus saberes y a edificar su futuro desde abajo y a la izquierda.
La galaxia entera necesita otra forma de habitar el poder, una plural, insurgente y comparada, cuyos fundamentos no se encuentren en la dominación, sino en el cuidado, la empatía y la resistencia colectiva. Porque en esta guerra, como en todas las que se nombran justas, no se persigue la victoria de una pequeña parte. Y nunca olvidemos que el Imperio siempre contraataca. Por eso, debemos permanecer unidas y jamás bajar la guardia.
Que la Fuerza feminista siempre nos acompañe.
Imagen creada con IA por LCR
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