Por Alix Trimmer
Durante años, el mundo nos ha repetido la misma cantaleta con diferentes acentos: sé extraordinaria. Extraordinaria en tu trabajo, en tu maternidad, en tu independencia económica, extraordinario en tu cuerpo, en tu inteligencia emocional, en tu relación con otras personas. Y, por supuesto, hazlo todo al mismo tiempo.
Lo interesante es que esta orden rara vez aparece como mandato, aunque lo sea; suele aparecer como elemento de liberación, se cuela en las conferencias motivacionales, es columna vertebral de los programas de liderazgo femenino y, por supuesto, de la campaña publicitaria durante el 8 de marzo.
Nos ha tocado vivir la era del empoderamiento femenino, del “go girl”, de frases motivacionales que buscan inspirar “Lo puedes todo”, “Empowered women empower women”. Pero si una mira con un poco de distancia, la fotografía se desdibuja y empiezan a notarse las incomodidades: gran parte del discurso contemporáneo sobre el empoderamiento femenino se parece sospechosamente a un manual de productividad y esclavitud modernizada.
La materialización del discurso comenzó a surgir en los últimos quince años al crearse una versión muy particular del feminismo: el feminismo corporativo.
Es el feminismo de los talleres de crecimiento en multinacionales, los paneles de mujeres ejecutivas, los libros de “cómo llegar a la cima”, los discursos sobre como “romper el techo de cristal” sin dejar de ser mujer en el intento.
En teoría, este feminismo busca abrir las puertas del poder económico a las mujeres, sentarlas en la mesa de toma de decisiones y eso, en sí mismo, no tiene nada de malo, por el contrario. Sin embargo, el problema aparece cuando esa apertura se convierte en la única definición de emancipación femenina. Cuando la exigencia es la única constante, porque entonces la pregunta existencial sobre lo justo del sistema desaparece y queda solo la pregunta profesional: ¿cuántas mujeres llegan a la cima gracias al feminismo corporativo?
El feminismo corporativo no cuestiona el modelo de trabajo contemporáneo, no cuestiona jornadas interminables, no cuestiona la cultura del rendimiento permanente, no cuestiona el agotamiento estructural del mundo laboral. Romantiza el fenómeno laboral y busca integrar a más mujeres en el mecanismo para ondear la bandera morada mientras dice “jugamos el mismo juego y ahora las mujeres también lo ganamos”.
Si trabajas lo suficiente, si eres lo suficientemente disciplinada, si desarrollas las habilidades correctas… llegarás. La narrativa es seductora y profundamente conveniente para las empresas, porque convierte un problema estructural en un problema individual: si no avanzas, si la maternidad pesa, si el cuerpo no alcanza el estándar, si el entusiasmo de te escapa, no es porque el sistema esté mal diseñado, eso era antes, es porque no supiste gestionar tu potencial, porque no aprovechaste las opciones y no encontraste el balance correcto.
Resulta además que el feminismo corporativo es extraordinariamente rentable y, en la era de las redes sociales, altamente viralizable: cursos de liderazgo, mentorías, programas de marca personal y – mi favorita – historias inspiradoras de mujeres extraordinarias que malabarearon sus múltiples obligaciones para llegar a la cima.
Hoy, el contenido alrededor del feminismo corporativo nos enseña a las mujeres cómo optimizar nuestra carrera, como gestionar el tiempo para aumentar productividad y no perder nuestros entornos familiares, amistosos y hasta de autocuidado, mientras nos convertimos en las nuevas líderes inspiradoras.
Antes, se esperaba de nosotras sacrificio, sumisión, abnegación y cuidado; hoy la presión ha cambiado de forma, pero no desaparece, debemos ser ambiciosas, disciplinadas, productivas, inspiradoras y todo a ello a una mano, para usar la otra para cargar un bebé, hacer la comida, levantar pesas o leer sobre salud mental: la mujer perfecta del siglo XXI produce, lidera, cuida, entrena, milita, medita, hace networking, mantiene amistades profundas, cultiva su espiritualidad, cuida de su salud mental y logra dormir ocho horas. Todo sin quejarse demasiado.
El feminismo corporativo no abolió la cultura del agotamiento, reconoció públicamente las dobles y triples jornadas que la conforman, pero invitó a las mujeres a sentirse orgullosas de lograr conquistas profesionales con las manos atadas en la espalda.
Y mientras tanto, en el imaginario cultural y social actual, ha ocurrido algo curioso: la mujer normal ha desaparecido, o al menos, su existencia resulta punto menos que irrelevante.
Las historias que circulan en redes, medios y conferencias siempre siguen el mismo patrón: la emprendedora brillante, la ejecutiva inspiradora que corre maratones, la madre escribe un libro mientras cuida de tres infancias, la mujer que rompe límites y medita de madrugada. Cuando ser extraordinaria es la exigencia, ser normal se siente como fracaso.
¿Qué sucede con aquellas que no quieren ser extraordinarias? ¿qué tiene de malo que haya quien busque una vida tranquila? Trabajo digno y razonable, tiempo libre, relaciones afectivas, días libres de productividad sin culpa, ¿por qué no se celebra y valida la vida que no sale de los márgenes? El deseo de una vida tranquila se interpreta como falta de ambición y, de cara al movimiento feminista, parece casi una traición al progreso logrado por otras.
Lo incómodo se tiene que decir: no todas debemos ser extraordinarias y eso no implica derrota política o fracaso personal. Hoy, reconozco que quizás la verdadera libertad no sea llegar a la cima, sino poder decidir que no queremos escalar.
El feminismo debía darnos libertad, no debe exigirnos ser extraordinarias; el feminismo debe permitirnos algo tan elemental que se ha tornado en extremadamente difícil: ser humanas.
Que las mujeres podamos lograr todo no significa que tengamos que hacerlo, significa que en un mundo de amplias posibilidades tengo libertad de decir que sí a todo, pero también de decir que no.
El gesto más subversivo, hoy, no es demostrar que puedo con todo, sino que tengo derecho a no ser extraordinaria.
Imagen generada para uso editorial por LCR
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