Por Núria González
Cuando estalló el caso Errejón y Cristina Fallarás y otras señoras de bien del feminismo de moqueta incitaba a las mujeres a pasar de las autoridades y denunciar sus casos de agresiones sexuales y acoso en las redes sociales en lugar de en la policía o en los juzgados, a muchas se nos pusieron los pelos como escarpias.
Poco después, ya nos quedamos directamente patitiesas cuando se anunció que aquellos testimonios, en muchos de los cuales se relataban comportamientos constitutivos de delitos muy graves, iban a publicarse en forma de libro. Lo llamamos el “Feminismo Cash”.
Pero ahora, a la vuelta de los acontecimientos sucedidos en torno al caso Dani Alves, no se yo cómo vamos a convencer a ninguna mujer de que la justicia institucional es de fiar, si aun cuando lo haces todo bien, como la denunciante del caso Alves, el testimonio del presunto agresor, cambiado, variado e inventado hasta en cuatro ocasiones diferentes, vale siempre más que el de la víctima.
Es complicado explicarle a una chica que confíe en el sistema si una y otra vez va dejando claro que cualquier magistrada acomplejada o juez perverso, o algún policía declarando de manera confusa solo para sembrar la duda, pueden dar al traste con tu derecho esencial como ciudadana que es el de cualquier víctima, a saber, obtener la verdad, la justicia y la reparación.
Para decir verdad, en este caso en el que me vais a permitir el símil futbolístico, los operadores judiciales están con la eliminatoria empatada. Una jueza de instrucción envió a Alves a prisión preventiva. Luego tres magistrados de la audiencia Provincial de Barcelona lo condenaron de manera muy “justita” a cuatro años y medio de prisión, y ahora otras tres magistradas y un magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Catalunya le han absuelto. Cuatro a Cuatro. Y ahora estamos esperando que llegue el Tribunal Supremo a dirimir definitivamente el asunto en la tanda de penaltis.
Conclusión, que si se hace justicia en este asunto será rozando el larguero y en tiempo de descuento.
Es patético como sociedad que en pleno siglo XXI. las mujeres en España tengamos que andar mendigando que se nos tenga en cuenta como ciudadanas adultas, ya que con sentencias como estas nos lanzan a los años 50, donde cualquier cosa que dijera cualquier hombre era mucho más creíble frente al testimonio de cualquier mujer.
Queda claro pues para todas que, a no ser que te encuentren reventada y medio muerta como a la pobre niña de Igualada, hay poco que hacer en la reclamación de justicia en lo que a delitos sexuales se refiere. También hay que recordar que ni la niña de Igualada se libró de los juicios de valor como “¿qué hacía allí una niña sola?” o “¿por qué había salido? Etc.
Y esto pasa especialmente en Catalunya, tierra de misoginia desatada desde todos los ámbitos posibles, donde tenemos célebres ejemplos de violencia judicial como la violación de grupal de la niña de 14 años de Manresa, aquella en la que los agresores hacían cola para violarla y se decían “15 minutos que luego me toca a mi”, y que se saldó con varios de los agresores sin juzgar y penas pírricas para quien si tuvieron a bien detener. O qué decir de la batalla que han emprendido un grupo de madres de Barcelona contra las sentencias surrealistas que se dictan desde los juzgados de violencia de género. Y suma y sigue.
Esto no es casual, ya que los puestos de poder en los órganos de dirección de la justicia en Catalunya también están invadidos por la política y se tiene mucho más en cuenta los méritos de los magistrados hechos ante tal bandera o tal lacito que las trayectorias judiciales. Y de ahí el nivelazo de las sentencias. La misma situación política, social y lingüística también hace poco atractiva Catalunya como destino para juezas y magistrados a los que les da una pereza enorme venir aquí a trabajar, y no me extraña. Con lo cual, al final en la justicia catalana tenemos lo que tenemos.
Frente a todo esto, no es difícil de entender que cualquier chica víctima de violencia sexual capte el mensaje de que si se calla al menos no la revictimizarán. Y que, si cuenta lo que le ha pasado en las redes sociales, al menos se va desahogar, incluso aunque luego su íntimo sufrimiento es rentabilizado económicamente por cualquier oportunista de saldo.
Me esperaré a ver como acaba el partido sólo con la esperanza, a pesar de todo, de constatar que la Fallarás no tenía razón.
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