Por María Macías
Si sobrevives, si persistes, canta,
sueña, emborráchate.
Es el tiempo del frío: ama,
apresúrate. El viento de las horas
barre las calles, los caminos.
Los árboles esperan: tú no esperes
este es el único tiempo de vivir, el único.
Jaime Sabines
Finaliza septiembre. Es hora de decirte
lo difícil que ha sido no morir.
Por ejemplo, esta tarde
tengo en las manos grises
libros hermosos que no entiendo,
no podría cantar aunque ha cesado ya la lluvia
y me cae sin motivo el recuerdo
del primer perro a quien amé cuando niño…
Roque Dalton
Y comencé a preguntarme, ¿si escribo para las demás, por qué no escribo para mí?, sí, para mí, como antes, cuando escribía notitas y me las escondía en los bolsillos o en cualquier libretita, fragmentos de lo que veía pasar o de lo que me llamaba la atención, también de lo que sentía o se me ocurría en el momento, si no tenía dónde escribirlo trataba de memorizarlo una y otra vez, eso pasaba mientras caminaba, iba en el transporte o en cualquier lugar. Esta sorpresiva caída de ideas o de sentires, se fue puliendo cuando me volví antropóloga, tal vez por eso desarrollé con el tiempo esa cualidad de observar, y guardar en mi cabeza, para después escribir o describir en el más puro estilo etnográfico (el método utilizado en antropología donde describimos a pulso lo que vemos). Y así es como empiezo esta columna breve.
Sin embargo, escribir para mí, ya no lo volví a hacer, es decir, esas notitas que yo escribía, solo guardaban pedazos de mi, de mis momentos lúcidos y oscuros; de la vida que solo veía pasar y que de repente, cae de golpe.
Ahora, he vuelto a escribir notitas en el teléfono o de voz, están guardadas ahí y cuando quiero, las abro de vez en cuando para recordar la anécdota, lo que sucedió o lo que sentí. Esto me hace recoger mis pasos y hacer memoria, como cuando estás a punto de decir algo y se te olvida de repente, y regresas al lugar a ver si así te acuerdas (a veces lo haces, a veces no).
Y así, entre memorias, sentires y momentos, es que todo va cambiando, se va transformando, desde lo más íntimo hasta lo más público. Si rascamos nuestros pasados, seguramente encontraremos versiones que ya no somos, ni siquiera hoy somos las de ayer.
Tiempo de transiciones. Y es que vivimos una transformación constantemente, todos los días. Parece que cuando se cierran ciclos, se genera un caos o llega un nuevo orden. Y entre el recuerdo de lo que queremos ser y lo que somos, nos reencontramos.
En nuestra vida pública, el inicio de octubre ha significado una transición potente, porque por decisión colectiva, una mujer es presidenta de nuestro país. Este hecho que, evidentemente tiene registro en la historia de las mujeres, representa las distintas luchas que día con día tenemos y que nos toca afrontar desde distintas trincheras.
Es ella, la presidenta Claudia, la máxima representante de un país a nivel mundial; es ella, sí, ella, mujer, la que destaca como destacan muchas mujeres que han logrado ocupar una posición pese a la oposición (y cuando me refiero a la oposición, hablo de aquella a la que nos enfrentamos desde que nacemos: “no te rías así, no te vistas así, no hables así, así no”, en fin, la que muchas conocemos).
Es tiempo de mujeres y siempre ha sido, desde el anonimato, desde las notas guardadas; desde lo público, ahora, con más ímpetu, debemos reescribir, luchar y defender porque solo lo que se nombra existe.
Para tí, por siempre y para siempre, Carmo.
Las opiniones compartidas en la presente publicación, son responsabilidad de su autora y no reflejan necesariamente la posición de La Costilla Rota. Somos un medio de comunicación plural, de libre expresión de mujeres para mujeres.