Feminidad

Me han preguntado a que me refiero con abolir el género y en qué sentido este conjunto de estereotipos afecta la experiencia de vida y la libertad de millones de mujeres en el mundo. Aquí algunos ejemplos

por Claudia Espinosa Almaguer

Por Claudia Espinosa Almaguer

Me han preguntado a que me refiero con abolir el género y en qué sentido este conjunto de estereotipos afecta la experiencia de vida y la libertad de millones de mujeres en el mundo. Aquí algunos ejemplos.

La feminidad, como el conjunto de atributos y expectativas deseables en una mujer, ha sido largamente estudiada por la teoría feminista. En un tiempo como este, en el que se admira la capacidad de los varones para representarla y asumirla como parte de su imagen pública es necesario esclarecer que se trata de una valórica que se actualiza a partir de lo que los mismos hombres desean, imaginan, consideran y modifican de manera cotidiana.

Aun y cuando no es biología, se engancha a esta de modo tan eficaz que se diluye. Lo escrito en su momento por Beauvoir, está íntimamente ligado a la historia de miles de mujeres en occidente, siendo niñas, lo que somos y lo que se espera de nosotras comienza demasiado pronto como para que una pueda atisbar la vida en plenitud la feminización te “empareja”, corta tus bordes indeseables, doma el cabello y el cuerpo, establece modelos físicos y de comportamiento que nos privan de conocimiento personal y de la búsqueda de una vida plena.

Por ejemplo, es biología que las mujeres, como hembras de la especie dejemos atrás la infancia y entremos en la pubertad, que llegue la menstruación junto con otros cambios físicos, pero es cultural el forzar a las niñas a dejar de moverse porque ya son “señoritas” o “mujercitas”. No irá ninguna “naturalmente” a pedir jugar con bebés de hule, o con muñecas, como no sucede la búsqueda no inducida de pintarse las uñas, aprender a usar tacones y de ser más femenina para llamar la atención del sexo opuesto, para gustar.

En la última edición de la Escuela Feminista Rosario Acuña en Gijón, Zua Méndez y Teresa Lozano, las Towanda Rebels, han denunciado la última modificación que el sistema indica a las mujeres jóvenes, y que comprende la libertad como la usura del cuerpo llamando a adecuarse a una apariencia hipersexualizada y cercana a la pornografía como imagen a emular desde bien temprano, en tanto se incentiva en los varones a ver a sus pares como iguales, pero a las niñas como un objeto.

Problemas de salud físicos y mentales, como la anorexia y la bulimia, trastornos de depresión o ansiedad, autolesiones o la búsqueda de cirugías estéticas innecesarias antes de la mayoría de edad son en conjunto una representación del autodesprecio como enseñanza.

Otro ejemplo, es biología que las mujeres como hembras de la especie seamos las únicas con capacidad de gestar y de parir, si queremos. Pero decidir en libertad implica tener claro que el “instinto materno” no es en nosotras como en los animales. Cuando nace un bebé ninguna mujer sabe cómo criar sin que otra se lo diga, inclusive algunas encuentran que en realidad la maternidad no les satisface y es posible que tomen la decisión de no participar en la vida de sus hijos como hacen miles de varones en el mundo. No obstante, el reproche social a quien se arrepiente de la reproducción se reduce a ser madre “desnaturalizada”, a alejarse del modelo de la feminidad materna y asexual que no se duele del desvelo o del berrido.

Desde luego, la exigencia de este instinto es a conveniencia, se demandará cuando se recargue sobre la madre el cuidado absoluto de su hijo que del padre no se espera, si lo hubiere, aunque sea en lo mínimo estaremos ante un héroe con capa por hacerse cargo de lo que “no le toca”. Pero otro asunto es si la madre es víctima de explotación reproductiva y usada como vientre de alquiler, una dimensión en la que el famoso instinto estorba porque quien se lo debe de inventar es el comprador del niño o niña víctima de esta forma de trata.

En general, cuando hablamos de la carga que implica la feminidad y sus consecuencias, estamos descubriendo la minusvalía a la que nos condena, no es natural vivir procurando desproporcionadamente de los demás, ganando menos o participando de modo simbólico en las decisiones del lugar donde vivimos, no es natural constituirse en un adorno.

El sexo es biología y el género no es un disfraz, es la forma particular de opresión que se representa una y otra vez a lo largo de nuestra existencia, lo menos que causa en nuestras vidas es una enorme pérdida de tiempo y de capacidades, lo más es que miles de mujeres son asesinadas por no cumplir con uno u otro mandato de obedecer o de ser menos, de rebelarse ante la dominación. Seguimos.

Claudia Espinosa Almaguer

Foto de tyannar81 desde Getty Images

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